Las huellas de la pasión: Cuento
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El presente texto es parte del libro de cuentos “Piel acosada”, que contiene el cuento del mismo título con el que el autor ganó el Premio Ciudad de Viareggio, de Italia.
Avelino Stanley es escritor dominicano, galardonado con el Premio Nacional de Novela por su obra “Tiempo muerto”. Su novela “Al fin del mundo me iré” fue publicada en 2006 por la Editorial Planeta.
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Las huellas de la pasión
Avelino Stanley
La he escuchado a ella con esos quejidos. Se lo juro. Sobre todo ese día. Los suspiros que se producen cuando se hace el amor se conocen en todas partes. Son inconfundibles. Cualquiera los distingue porque siempre son los mismos. Óigame, y cómo contagian, sobre todo si quien escucha tiene necesidad de pareja. Lo puedo notar nada más de oírlo, primero son unas respiraciones que paulatinamente se van haciendo más profundas. Luego se vuelven resoplidos y salen con tanta fuerza que arrastran la voz. No es la voz completa, pero usted sabe que en momentos como esos el cuerpo necesita una respiración más reforzada, que se hace con la boca y con la nariz, para poder soportar tanta carga de gusto. En esa acción se arrastran las cuerdas vocales y salen hasta sus grititos con todo y palabras. Esa explicación se la daba doña Tatica a la otra mujer al día siguiente de haberle ocurrido eso. “Todo un caballero del amor el condenado ese”, suspira ella, porque no crea usted que son polvos de gallo, de esos que terminan de una vez. No. Ellos consiguen ponerme templada de verdad, cuestión de una hora y hasta más. Imagínese, yo del otro lado, una mujer sola, nada más escuchando, cómo no iba a calcular el tiempo. Pero lo extraño es que cuando terminaban no se sentían ni puertas que se abrían ni pasos que se alejaban.
No, no he dicho que con un hombre. Le dije que con un luá. Sí. Con eso. Con un espíritu. Claro que sí. Créame. Sí, en su cama. ¿Y dónde más va a ser? No se ría así en mi cara. Mire, esto es muy serio. Si usted no lo quiere creer, no lo crea. Pero no se ría de esa manera porque van a creer que se está burlando y le puede ir mal. Hasta lo pueden tumbar ahí mismo donde está parado en este momento. Eso que le digo, júrelo, puede decir que lo vio. Nunca he dicho eso porque eso no se dice. Ella nunca se lo diría a una gente cualquiera.
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Y menos a un desconocido. Se lo digo porque usted no es de aquí, y porque le veo cara de sabio. Además, ese aparatito que tiene en la mano me ha impresionado. ¿Grabadora es que se llama? Aaaah, me gustó oír mi voz cuando la puso. Pues óigame, escuché clarito esa conversación. Y si supiera a quién se lo decía. Se lo confesó todo a una consultora. Una mujer que sabe muchísimo, la más buscada en todos estos contornos. Como yo vivo ahí, al lado de ella, entre la parte de la casa que ella ocupa y mi pieza solo hay una división con unas tablas de muy poco grueso. Todo lo que se hace en uno de los dos lados se oye en el otro. Esa tarde la consultora que le digo vino a la casa, del lado de ella. Yo estaba acostada, despiertita, sí, pero me quedé calladiiiiita. Ellas comenzaron a hablar y yo oyéndolas. Quiero que sepa que yo soy una mujer muy seria. Pregúntele a cualquiera de por aquí. Y no me meto en lo que no me importa. Oigo lo que me llega y ya. Ni siquiera ando repitiendo lo de nadie. Usted porque me ha caído bien.
—Mire todos estos manchones negros que tengo en las partes más íntimas del cuerpo –le dijo doña Tatica a la vidente esa tarde.
—¿Y qué eran los manchones? –le preguntó el investigador a la informante esa noche.
—Son las huellas que me dejan –le respondió doña Tatica a la vidente, muy segura de lo que decía aquel atardecer.
Siempre sucede muy tarde en la noche, cuando todo el vecindario está en silencio. Me han despertado los suspiros. A lo más que he llegado es a espantarme, me pongo bronca y por instinto me agarro mi parte entre las dos piernas, asegurándomela. Pero de ahí no he pasado, porque ella es una mujer muy seria. ¿Que por qué me pongo bronca? Bueno, todo el mundo sabe que ella no tiene marido. Que duerme sola. Entonces, ¿quién le provoca esos suspiros? ¿Quién le haría esos manchones negros en sus partes íntimas? Siempre me hacía esa pregunta hasta que después, con el tiempo, al escuchar esa conversación, pude comprenderlo todo. No es fácil entenderlo, no crea. Lo digo por mí misma. Ese día oí lo que hablaban, sin querer, y no fue fácil entenderlo primero y creerlo después. Pero me quedé pasmada. Yo no sabía que eso le podía pasar a una gente. Mire que doña Tatica es una mujer tan seria. Tan de su casa. Y cuando una mujer es seria no le anda diciendo sus cosas íntimas a nadie. Eso de que doña Tatica es reservada lo saben todos. Lo que pasa es que ella me alquiló ese lado desde hace mucho tiempo. Entonces, chin a chin, sin querer, he ido escuchando asuntos de ella. Así es como he llegado a saber todo lo que le estoy contando. Además, usted sabe como son las cosas; en los pueblos chiquitos, problemas grandes. Y todo se sabe. Ay, oiga esa. Esa es de las buenas. Diiicen que Liborio ha muerto. Liiiborio no ha muerto nada. Lo que pasa con Liborio, es que no come pendejada. Ay, excúseme. Es que cuando oigo esa pieza me lleno de un pasado vivido con mucha vitalidad. Porque son tantas las velaciones que hacen en todos estos contornos.
¿Ella? No. Nunca se ha casado. Ni se casará. Ya para qué, con lo mayorcita que se ha dejado poner la pobre. Pero no, nunca se le ha conocido un hombre. Toda su vida ha sido dedicada al trabajo y a servirle al altar y a los santos. Porque eso sí, es una mujer trabajadora, una fajada. Esta fiesta de atabales la hace desde jovencita. Es la velación al Espíritu Santo. Ella lo heredó desde que era chiquita. Primero fue su abuelo. Después doña Nena, su mamá. Y cuando doña Nena se enfermó, todavía en vida, Tatica tuvo una revelación. Le dijeron en sueños que su mamá se iba para mejor vida y que ella tenía que continuarlo todo, porque eso era un compromiso de familia. Que no se preocupara, porque el Espíritu Santo ponía lo que hiciera falta. Un día la vieja amaneció tiesa y desde entonces ella se hizo cargo del compromiso.
Sí. El novenario es una fiesta que se celebra una vez al año por nueve noches corridas. Durante todas esas noches hay que buscar comida y ron para todos; principalmente para los atabaleros, que si no beben no tocan. Viene el pueblo entero. Los devotos del Espíritu Santo, los de la cofradía, que por aquí hay muchos, la ayudan a conseguir lo que se necesita. Pero ella no se descuida. Siempre está fajada. Atiende el altar, los santos, las velas, las cruces. También desmonta los espíritus malos que se le suben en el cerebro a la gente. Mírela. Obsérvela bien. Así ha sido siempre. Da su bailadita, claro. Pero eso es la última noche. Está bailando porque hoy es la última noche.
Nooo. ¡Ay, no! Ningún hombre se ha propasado nunca con ella. Doña Tatica siempre ha vivido de lavar y planchar ropa. Lo que pasa es que la gente siempre habla. Y eso lo dicen porque a ella la buscan los ricos para que les lave la ropa. Así como usted la ve, gastadita, le salvó a don Octavio un traje de casimir inglés con unas manchas que nadie las podía sacar. Él, agradecido, le regaló cincuenta pesos. ¿Y el traje de novia de la hija del Alcalde? Lo salvó ella. Porque la muy buenamoza, la tarde del matrimonio, se fue por los montes con el novio. Y el vestido volvió todo manchado de leche. No sea mal pensado, fue leche de piñón. Y así mismo se metieron para la iglesia. Y solo doña Tatica pudo salvarlo. No. ¡Ay no!, ¡qué va! Sí.
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Dicen que con don Genaro. Porque a ese hombre no se le salva una falda. Es que doña Josefa, su mujer, siempre ha sido enfermiza. Pero yo me atrevo a meter la mano en la candela por ella. Esa mujer es muy seria. Seria de verdad, y de su casa. Y de la Iglesia también. Aunque los curas le tienen grima. Mucho cariño. ¿Cómo está, mi bendita? Que Dios la ampare y la cuide. Pero de lejitos. Tiene que ser porque ella cura la gota y el mal de ojo. Santigua. Y también les levanta la naturaleza a los hombres que la tienen caída. ¡Ay! Oiga esa. No diga que cada vez que sale una pieza yo le digo lo mismo. Pero esa sí que es de las buenas. Santa Marta ahééé, la dominadora. Dile a la culebra, que no suba ahora.
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¿Que por qué en la iglesia le tienen grima? ¡Oh!, porque piensan que la vela del Espíritu Santo está mezclada con eso de los misterios. Los poderes. Eso de los seres que se le montan a la gente. ¿Me entiende? Sí. Con brujerías. Claro. Aquí, a esta fiesta del Espíritu Santo, siempre viene gente que se monta. Pero ella no. A ella yo nunca la he visto montada. Entra en trance, sí, con el espíritu encima y todo. Sin embargo, no llega a caer.
No. No; eso es otra cosa. Sí. Lo que le estaba diciendo de eso lo oí yo misma esa tarde. Hablaban bajitito. Como en secreto. Pero qué va, yo escuchaba todo clariiiito. Ella le fue contando cada detalle a la consultora, la mujer vidente que ya le mencioné. Le dijo que eso siempre le pasaba cuando ella estaba durmiendo. No. Todas las noches no. Algunas. Usted es varón y sabe que la naturaleza de los hombres no tiene tanta vitalidad para hacerlo todos los días. Viene, pero por las noches, mientras ella duerme. Sí. El luá. El espíritu. Viene. La acaricia, se le sube encima y la vive como si fuera un hombre de verdad. La pone a coger un gusto que se riega por todas partes, y hasta contagia el lado mío. Y yo, cuando me despierto, un poco asustada, por instinto me agarro mi parte, no vaya a ser cosa, usted sabe. Imagínese, yo del otro lado, solita, qué no voy a pensar.
Cuando contó lo de esa noche hasta yo me enamoré de ese luá. Eso no se dice, usted se puede considerar un dichoso. Dijo que ya era tarde cuando él llegó y fue verdad. Esa noche lo esperó vestida con una bata blanca que le daba por los tobillos y era casi transparente. Todo estaba oscuro y ella, sin dormir, permanecía con la vista fija hacia el techo; de repente comenzó a ver una cascada alta y hermosa. El agua caía lentamente vuelta una masa espumosa y se parecía al color de su bata. Él comenzó a aparecer entre la cascada. Ella lo vio cuando terminaba de salir de esa agua totalmente cristalina que se apozaba después de caer y se volvía mansa. Ya afuera, le tomó las dos manos. Pero ella no sintió sus manos, sino una sensación que le transformó todo el cuerpo en un estado de deseo sublime. Le entró un deseo como de viajar por las nubes.
—¿Por qué estás asustada? –le preguntó el luá mientras sonreía agarrándole las manos delicadamente.
—¿Y realmente estabas asustada? –le preguntó la vidente a doña Tatica, interesándose más.
—¿Y qué respondió doña Tatica? –interrogó el investigador a la informante.
—Será porque he recordado de las dos veces que me han violado –le respondió doña Tatica al lua.
—Ven –le dijo el lua tiernamente–, que te voy a dotar de una dicha. Serás una de las pocas mujeres que podrán diferenciar el verdadero amor del instinto animal de algunos hombres.
Y entonces se fueron a caminar por un bosque de un verde parecido a la pureza. Más que un bosque, era como un paraíso. Al llegar a una parte donde había muchas flores silvestres, él cortó una y se la pasó. Ella quedó hechizada de esos ojos que la miraban, de sus cabellos revueltos por el agua de la cascada, de su cuerpo tan bien formado. Y de esa sonrisa penetrante como la mirada. Tomó la flor y al olerla sintió que el aroma la transportó realmente hacia las nubes. Era un olor que al mismo tiempo la excitaba. Entonces sintió que él la tumbaba con toda la delicadeza del mundo sobre un lecho de pétalos que había formado para ella. “¡Ay, doña, qué caricias! ¡Qué caricias!”, le decía doña Tatica a la consultora.
“Ningún hombre de la tierra me ha puesto a sentir así”. Le dijo que no hubo parte del cuerpo que no le tocara. “Y cuando estaba en el punto más alto de la excitación le descubrí el madero divino todo tieso. Parecía el faro que le da la última orientación a la felicidad antes del naufragio ineludible”. Hasta yo me puse caliente mientras la oía contar eso. “La penetración fue el camino a una verdadera gloria, y luego, mientras me cabalgaba íbamos corriendo suavemente por las nubes. Mi bata blanca eran mis alas. Él iba lanzando goterones de sudor como si fuera el agua de la cascada. En esa cabalgata llegamos a un punto donde había unas flores hermosísimas. Los pétalos eran cuatro vaginas y en el centro, de las entrañas mismas de esas flores, brotaba un excitante pene erecto. El olor suave e intenso provocaba más deseo, más pasión”. Y yo, escuchándolas hablar de esos lugares tan extraños, ya en ese momento estaba mojadita. Lo sé porque no me quitaba la mano de ahí, de mi parte, cuidándome, usted sabe. Excúseme que le hable así, pero como me dijo que le hablara dándole todos los detalles. “Y de repente comenzamos a dar unos grititos que nos salían a los dos en un coro totalmente acompasado. Hasta que llegamos”.
—¿Adónde llegaron? –preguntó la vidente como si quisiera escuchar todavía algo más claro, más preciso, más concreto.
—¿La consultora también estaba excitada? –le preguntó el investigador a la informante.
—Bueno, pero ella también es humana –razonó la informante.
—¿Y adónde fue que llegaron? –preguntó el investigador para retomar el hilo.
—A la gloria del amor. Al punto más sublime que pueda llegar una gente –le respondió doña Tatica a la consultora, sorprendida de esa expresión de poeta que le salió.
—¿Y él, qué hizo después de llegar a la sublimidad en ese viaje? –preguntó el investigador a la informante.
Cayeron rendidos, agotados por el amor. Ella dijo que se durmieron abrazaditos como los que se aman de verdad. Y ya al rato, cuando ella despertó, él la había cubierto totalmente con pétalos de todos los colores que tenían las flores silvestres. Ella los sentía como colores de la pureza. Y así, feliz, comenzó a buscarlo. En ese momento escuchó una voz que le decía “no te preocupes, que voy a volver”.
—Tampoco me preocupé por buscar la voz; dentro de mi corazón sentía que me hablaban con la franqueza del amor puro –le dijo doña Tatica a la vidente.
Por la mañana, como siempre le pasaba, amanecía desnudita aunque se acostaba con ropa puesta. ¿Que son sueños? Noooo. Ella coge muchísimo gusto, y gusto de verdad, porque esos suspiros que yo oigo, mire, no son de sueños ni de manoseos. No hay mujer que un sueño le arranque esos suspiros. Además, al otro día usted la ve que está livianiiiiiita. Livianita y contenta. Hasta canta como si hubiera sido cogida por un hombre de verdad. Claro que sí, ¿y a quién no le gusta eso?
Ay, ay, ay, ay, ay, ay, usted ve. Es que esa pieza no la deben tocar tan temprano. Porque desde que empiezan con ella comienza a caer la gente. Oiga. Sí. Oiga qué es lo que piden. Que suban, que suban, que suban los misterios. Ay. Ay. Candelo, Candelo monta luá. Ay. Ay. Bon suá. Venga, acérquese para que vea el misterio que se ha montado en esa mujer. Sí, así es que se ponen cuando se les monta un luá. Venga, escuche, que está hablando.
—Vine a saludar. Nada más vine a saludar. A bendecir la fiesta. Solo a eso fue que vine. Y a ver la cara de satisfacción que tiene Tatica, porque en la oscuridad no puedo verla. Nada más la siento y la oigo.
¿Usted oyó? Vino a saludar, a darle vueltas, a cuidar su fiesta. Porque los espíritus son así. Ellos atienden a lo suyo. Y eso último que dijo, lo de la cara de doña Tatica, de seguro que nadie lo entendió. Solo doña Tatica y yo. Y ahora usted. ¿Que qué otra prueba tenía ella al día siguiente de que ese luá la vivió? La misma pregunta le hizo la vidente esa tarde. Y recuerdo que ella le respondió con la mejor de las evidencias:
—Oh, mire lo que me dejó el luá en el cuerpo entero después que me vivió. Todos esos manchones que usted ve son las huellas de la pasión.
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El presente texto es parte del libro de cuentos “Piel acosada”, que contiene el cuento del mismo título con el que el autor ganó el Premio Ciudad de Viareggio, de Italia.
Avelino Stanley es escritor dominicano, galardonado con el Premio Nacional de Novela por su obra “Tiempo muerto”. Su novela “Al fin del mundo me iré” fue publicada en 2006 por la Editorial Planeta.
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Las huellas de la pasión
Avelino Stanley
La he escuchado a ella con esos quejidos. Se lo juro. Sobre todo ese día. Los suspiros que se producen cuando se hace el amor se conocen en todas partes. Son inconfundibles. Cualquiera los distingue porque siempre son los mismos. Óigame, y cómo contagian, sobre todo si quien escucha tiene necesidad de pareja. Lo puedo notar nada más de oírlo, primero son unas respiraciones que paulatinamente se van haciendo más profundas. Luego se vuelven resoplidos y salen con tanta fuerza que arrastran la voz. No es la voz completa, pero usted sabe que en momentos como esos el cuerpo necesita una respiración más reforzada, que se hace con la boca y con la nariz, para poder soportar tanta carga de gusto. En esa acción se arrastran las cuerdas vocales y salen hasta sus grititos con todo y palabras. Esa explicación se la daba doña Tatica a la otra mujer al día siguiente de haberle ocurrido eso. “Todo un caballero del amor el condenado ese”, suspira ella, porque no crea usted que son polvos de gallo, de esos que terminan de una vez. No. Ellos consiguen ponerme templada de verdad, cuestión de una hora y hasta más. Imagínese, yo del otro lado, una mujer sola, nada más escuchando, cómo no iba a calcular el tiempo. Pero lo extraño es que cuando terminaban no se sentían ni puertas que se abrían ni pasos que se alejaban.
No, no he dicho que con un hombre. Le dije que con un luá. Sí. Con eso. Con un espíritu. Claro que sí. Créame. Sí, en su cama. ¿Y dónde más va a ser? No se ría así en mi cara. Mire, esto es muy serio. Si usted no lo quiere creer, no lo crea. Pero no se ría de esa manera porque van a creer que se está burlando y le puede ir mal. Hasta lo pueden tumbar ahí mismo donde está parado en este momento. Eso que le digo, júrelo, puede decir que lo vio. Nunca he dicho eso porque eso no se dice. Ella nunca se lo diría a una gente cualquiera.
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Y menos a un desconocido. Se lo digo porque usted no es de aquí, y porque le veo cara de sabio. Además, ese aparatito que tiene en la mano me ha impresionado. ¿Grabadora es que se llama? Aaaah, me gustó oír mi voz cuando la puso. Pues óigame, escuché clarito esa conversación. Y si supiera a quién se lo decía. Se lo confesó todo a una consultora. Una mujer que sabe muchísimo, la más buscada en todos estos contornos. Como yo vivo ahí, al lado de ella, entre la parte de la casa que ella ocupa y mi pieza solo hay una división con unas tablas de muy poco grueso. Todo lo que se hace en uno de los dos lados se oye en el otro. Esa tarde la consultora que le digo vino a la casa, del lado de ella. Yo estaba acostada, despiertita, sí, pero me quedé calladiiiiita. Ellas comenzaron a hablar y yo oyéndolas. Quiero que sepa que yo soy una mujer muy seria. Pregúntele a cualquiera de por aquí. Y no me meto en lo que no me importa. Oigo lo que me llega y ya. Ni siquiera ando repitiendo lo de nadie. Usted porque me ha caído bien.
—Mire todos estos manchones negros que tengo en las partes más íntimas del cuerpo –le dijo doña Tatica a la vidente esa tarde.
—¿Y qué eran los manchones? –le preguntó el investigador a la informante esa noche.
—Son las huellas que me dejan –le respondió doña Tatica a la vidente, muy segura de lo que decía aquel atardecer.
Siempre sucede muy tarde en la noche, cuando todo el vecindario está en silencio. Me han despertado los suspiros. A lo más que he llegado es a espantarme, me pongo bronca y por instinto me agarro mi parte entre las dos piernas, asegurándomela. Pero de ahí no he pasado, porque ella es una mujer muy seria. ¿Que por qué me pongo bronca? Bueno, todo el mundo sabe que ella no tiene marido. Que duerme sola. Entonces, ¿quién le provoca esos suspiros? ¿Quién le haría esos manchones negros en sus partes íntimas? Siempre me hacía esa pregunta hasta que después, con el tiempo, al escuchar esa conversación, pude comprenderlo todo. No es fácil entenderlo, no crea. Lo digo por mí misma. Ese día oí lo que hablaban, sin querer, y no fue fácil entenderlo primero y creerlo después. Pero me quedé pasmada. Yo no sabía que eso le podía pasar a una gente. Mire que doña Tatica es una mujer tan seria. Tan de su casa. Y cuando una mujer es seria no le anda diciendo sus cosas íntimas a nadie. Eso de que doña Tatica es reservada lo saben todos. Lo que pasa es que ella me alquiló ese lado desde hace mucho tiempo. Entonces, chin a chin, sin querer, he ido escuchando asuntos de ella. Así es como he llegado a saber todo lo que le estoy contando. Además, usted sabe como son las cosas; en los pueblos chiquitos, problemas grandes. Y todo se sabe. Ay, oiga esa. Esa es de las buenas. Diiicen que Liborio ha muerto. Liiiborio no ha muerto nada. Lo que pasa con Liborio, es que no come pendejada. Ay, excúseme. Es que cuando oigo esa pieza me lleno de un pasado vivido con mucha vitalidad. Porque son tantas las velaciones que hacen en todos estos contornos.
¿Ella? No. Nunca se ha casado. Ni se casará. Ya para qué, con lo mayorcita que se ha dejado poner la pobre. Pero no, nunca se le ha conocido un hombre. Toda su vida ha sido dedicada al trabajo y a servirle al altar y a los santos. Porque eso sí, es una mujer trabajadora, una fajada. Esta fiesta de atabales la hace desde jovencita. Es la velación al Espíritu Santo. Ella lo heredó desde que era chiquita. Primero fue su abuelo. Después doña Nena, su mamá. Y cuando doña Nena se enfermó, todavía en vida, Tatica tuvo una revelación. Le dijeron en sueños que su mamá se iba para mejor vida y que ella tenía que continuarlo todo, porque eso era un compromiso de familia. Que no se preocupara, porque el Espíritu Santo ponía lo que hiciera falta. Un día la vieja amaneció tiesa y desde entonces ella se hizo cargo del compromiso.
Sí. El novenario es una fiesta que se celebra una vez al año por nueve noches corridas. Durante todas esas noches hay que buscar comida y ron para todos; principalmente para los atabaleros, que si no beben no tocan. Viene el pueblo entero. Los devotos del Espíritu Santo, los de la cofradía, que por aquí hay muchos, la ayudan a conseguir lo que se necesita. Pero ella no se descuida. Siempre está fajada. Atiende el altar, los santos, las velas, las cruces. También desmonta los espíritus malos que se le suben en el cerebro a la gente. Mírela. Obsérvela bien. Así ha sido siempre. Da su bailadita, claro. Pero eso es la última noche. Está bailando porque hoy es la última noche.
Nooo. ¡Ay, no! Ningún hombre se ha propasado nunca con ella. Doña Tatica siempre ha vivido de lavar y planchar ropa. Lo que pasa es que la gente siempre habla. Y eso lo dicen porque a ella la buscan los ricos para que les lave la ropa. Así como usted la ve, gastadita, le salvó a don Octavio un traje de casimir inglés con unas manchas que nadie las podía sacar. Él, agradecido, le regaló cincuenta pesos. ¿Y el traje de novia de la hija del Alcalde? Lo salvó ella. Porque la muy buenamoza, la tarde del matrimonio, se fue por los montes con el novio. Y el vestido volvió todo manchado de leche. No sea mal pensado, fue leche de piñón. Y así mismo se metieron para la iglesia. Y solo doña Tatica pudo salvarlo. No. ¡Ay no!, ¡qué va! Sí.
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Dicen que con don Genaro. Porque a ese hombre no se le salva una falda. Es que doña Josefa, su mujer, siempre ha sido enfermiza. Pero yo me atrevo a meter la mano en la candela por ella. Esa mujer es muy seria. Seria de verdad, y de su casa. Y de la Iglesia también. Aunque los curas le tienen grima. Mucho cariño. ¿Cómo está, mi bendita? Que Dios la ampare y la cuide. Pero de lejitos. Tiene que ser porque ella cura la gota y el mal de ojo. Santigua. Y también les levanta la naturaleza a los hombres que la tienen caída. ¡Ay! Oiga esa. No diga que cada vez que sale una pieza yo le digo lo mismo. Pero esa sí que es de las buenas. Santa Marta ahééé, la dominadora. Dile a la culebra, que no suba ahora.
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¿Que por qué en la iglesia le tienen grima? ¡Oh!, porque piensan que la vela del Espíritu Santo está mezclada con eso de los misterios. Los poderes. Eso de los seres que se le montan a la gente. ¿Me entiende? Sí. Con brujerías. Claro. Aquí, a esta fiesta del Espíritu Santo, siempre viene gente que se monta. Pero ella no. A ella yo nunca la he visto montada. Entra en trance, sí, con el espíritu encima y todo. Sin embargo, no llega a caer.
No. No; eso es otra cosa. Sí. Lo que le estaba diciendo de eso lo oí yo misma esa tarde. Hablaban bajitito. Como en secreto. Pero qué va, yo escuchaba todo clariiiito. Ella le fue contando cada detalle a la consultora, la mujer vidente que ya le mencioné. Le dijo que eso siempre le pasaba cuando ella estaba durmiendo. No. Todas las noches no. Algunas. Usted es varón y sabe que la naturaleza de los hombres no tiene tanta vitalidad para hacerlo todos los días. Viene, pero por las noches, mientras ella duerme. Sí. El luá. El espíritu. Viene. La acaricia, se le sube encima y la vive como si fuera un hombre de verdad. La pone a coger un gusto que se riega por todas partes, y hasta contagia el lado mío. Y yo, cuando me despierto, un poco asustada, por instinto me agarro mi parte, no vaya a ser cosa, usted sabe. Imagínese, yo del otro lado, solita, qué no voy a pensar.
Cuando contó lo de esa noche hasta yo me enamoré de ese luá. Eso no se dice, usted se puede considerar un dichoso. Dijo que ya era tarde cuando él llegó y fue verdad. Esa noche lo esperó vestida con una bata blanca que le daba por los tobillos y era casi transparente. Todo estaba oscuro y ella, sin dormir, permanecía con la vista fija hacia el techo; de repente comenzó a ver una cascada alta y hermosa. El agua caía lentamente vuelta una masa espumosa y se parecía al color de su bata. Él comenzó a aparecer entre la cascada. Ella lo vio cuando terminaba de salir de esa agua totalmente cristalina que se apozaba después de caer y se volvía mansa. Ya afuera, le tomó las dos manos. Pero ella no sintió sus manos, sino una sensación que le transformó todo el cuerpo en un estado de deseo sublime. Le entró un deseo como de viajar por las nubes.
—¿Por qué estás asustada? –le preguntó el luá mientras sonreía agarrándole las manos delicadamente.
—¿Y realmente estabas asustada? –le preguntó la vidente a doña Tatica, interesándose más.
—¿Y qué respondió doña Tatica? –interrogó el investigador a la informante.
—Será porque he recordado de las dos veces que me han violado –le respondió doña Tatica al lua.
—Ven –le dijo el lua tiernamente–, que te voy a dotar de una dicha. Serás una de las pocas mujeres que podrán diferenciar el verdadero amor del instinto animal de algunos hombres.
Y entonces se fueron a caminar por un bosque de un verde parecido a la pureza. Más que un bosque, era como un paraíso. Al llegar a una parte donde había muchas flores silvestres, él cortó una y se la pasó. Ella quedó hechizada de esos ojos que la miraban, de sus cabellos revueltos por el agua de la cascada, de su cuerpo tan bien formado. Y de esa sonrisa penetrante como la mirada. Tomó la flor y al olerla sintió que el aroma la transportó realmente hacia las nubes. Era un olor que al mismo tiempo la excitaba. Entonces sintió que él la tumbaba con toda la delicadeza del mundo sobre un lecho de pétalos que había formado para ella. “¡Ay, doña, qué caricias! ¡Qué caricias!”, le decía doña Tatica a la consultora.
“Ningún hombre de la tierra me ha puesto a sentir así”. Le dijo que no hubo parte del cuerpo que no le tocara. “Y cuando estaba en el punto más alto de la excitación le descubrí el madero divino todo tieso. Parecía el faro que le da la última orientación a la felicidad antes del naufragio ineludible”. Hasta yo me puse caliente mientras la oía contar eso. “La penetración fue el camino a una verdadera gloria, y luego, mientras me cabalgaba íbamos corriendo suavemente por las nubes. Mi bata blanca eran mis alas. Él iba lanzando goterones de sudor como si fuera el agua de la cascada. En esa cabalgata llegamos a un punto donde había unas flores hermosísimas. Los pétalos eran cuatro vaginas y en el centro, de las entrañas mismas de esas flores, brotaba un excitante pene erecto. El olor suave e intenso provocaba más deseo, más pasión”. Y yo, escuchándolas hablar de esos lugares tan extraños, ya en ese momento estaba mojadita. Lo sé porque no me quitaba la mano de ahí, de mi parte, cuidándome, usted sabe. Excúseme que le hable así, pero como me dijo que le hablara dándole todos los detalles. “Y de repente comenzamos a dar unos grititos que nos salían a los dos en un coro totalmente acompasado. Hasta que llegamos”.
—¿Adónde llegaron? –preguntó la vidente como si quisiera escuchar todavía algo más claro, más preciso, más concreto.
—¿La consultora también estaba excitada? –le preguntó el investigador a la informante.
—Bueno, pero ella también es humana –razonó la informante.
—¿Y adónde fue que llegaron? –preguntó el investigador para retomar el hilo.
—A la gloria del amor. Al punto más sublime que pueda llegar una gente –le respondió doña Tatica a la consultora, sorprendida de esa expresión de poeta que le salió.
—¿Y él, qué hizo después de llegar a la sublimidad en ese viaje? –preguntó el investigador a la informante.
Cayeron rendidos, agotados por el amor. Ella dijo que se durmieron abrazaditos como los que se aman de verdad. Y ya al rato, cuando ella despertó, él la había cubierto totalmente con pétalos de todos los colores que tenían las flores silvestres. Ella los sentía como colores de la pureza. Y así, feliz, comenzó a buscarlo. En ese momento escuchó una voz que le decía “no te preocupes, que voy a volver”.
—Tampoco me preocupé por buscar la voz; dentro de mi corazón sentía que me hablaban con la franqueza del amor puro –le dijo doña Tatica a la vidente.
Por la mañana, como siempre le pasaba, amanecía desnudita aunque se acostaba con ropa puesta. ¿Que son sueños? Noooo. Ella coge muchísimo gusto, y gusto de verdad, porque esos suspiros que yo oigo, mire, no son de sueños ni de manoseos. No hay mujer que un sueño le arranque esos suspiros. Además, al otro día usted la ve que está livianiiiiiita. Livianita y contenta. Hasta canta como si hubiera sido cogida por un hombre de verdad. Claro que sí, ¿y a quién no le gusta eso?
Ay, ay, ay, ay, ay, ay, usted ve. Es que esa pieza no la deben tocar tan temprano. Porque desde que empiezan con ella comienza a caer la gente. Oiga. Sí. Oiga qué es lo que piden. Que suban, que suban, que suban los misterios. Ay. Ay. Candelo, Candelo monta luá. Ay. Ay. Bon suá. Venga, acérquese para que vea el misterio que se ha montado en esa mujer. Sí, así es que se ponen cuando se les monta un luá. Venga, escuche, que está hablando.
—Vine a saludar. Nada más vine a saludar. A bendecir la fiesta. Solo a eso fue que vine. Y a ver la cara de satisfacción que tiene Tatica, porque en la oscuridad no puedo verla. Nada más la siento y la oigo.
¿Usted oyó? Vino a saludar, a darle vueltas, a cuidar su fiesta. Porque los espíritus son así. Ellos atienden a lo suyo. Y eso último que dijo, lo de la cara de doña Tatica, de seguro que nadie lo entendió. Solo doña Tatica y yo. Y ahora usted. ¿Que qué otra prueba tenía ella al día siguiente de que ese luá la vivió? La misma pregunta le hizo la vidente esa tarde. Y recuerdo que ella le respondió con la mejor de las evidencias:
—Oh, mire lo que me dejó el luá en el cuerpo entero después que me vivió. Todos esos manchones que usted ve son las huellas de la pasión.
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2 Comments:
el cuento es largo pero bueno
Eres lo maximo,nada te admiro mucho cuidate tqm besos.att.stephanie jinnette castillo
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