Entrevista con el historiador dominicano Juan Daniel Balcácer

Juan Daniel Balcácer
"El pueblo dominicano fue y ha sido
siempre un abanderado del liberalismo"
.
Por Clodomiro Moquete / Vetas
Pregunta.- El siglo XX dominicano es terrible. Se caracteriza por un grave desorden institucional en sus primeras dos décadas; dos intervenciones armadas norteamericanas que son mancha indeleble; una dilatada tiranía, la de Trujillo, que es una vergüenza que hiela hasta los tuétanos, y un régimen, el de los “doce años” de Balaguer, oprobioso. A pesar de ese panorama, sin duda angustioso, la historia del país es tan breve y el empuje del dominicano tan creciente y tan necesario que no nos queda más remedio que brotar en el lado positivo.
El escritor dominicano Manuel Mora Serrano, alguien con mucha autoridad, dice que la centuria pasada es el siglo de oro de la literatura dominicana. Por lo mismo de nuestra reciente formación como pueblo “se cae de la mata” que es el siglo de oro de la medicina, de la ingeniería..., de distintas ramas del conocimiento. No disponemos de suficiente tiempo para hacer comparaciones entre siglos, de manera que el XX es mejor necesariamente que el XIX. Todavía así, ¿qué ha sido el siglo XX para las proyecciones del XXI?
Respuesta.- Antes de entrar en materia, deseo agradecer tanto a Vetas, como a ti, que tan acertadamente la diriges, la oportunidad que me ofrecen para intercambiar con sus lectores algunas de mis reflexiones en torno a diversos temas de interés para nosotros, los dominicanos:
Si bien el siglo XX dominicano está signado por esas calamidades sociales puestas de relieve en esta pregunta, no menos cierto es el hecho de que también a lo largo de la pasada centuria el pueblo dominicano ha logrado insertarse, de manera irreversible, en la modernidad, lo mismo en la estructura económica que en la esfera de la superestructura político ideológica.
Respuesta.- Antes de entrar en materia, deseo agradecer tanto a Vetas, como a ti, que tan acertadamente la diriges, la oportunidad que me ofrecen para intercambiar con sus lectores algunas de mis reflexiones en torno a diversos temas de interés para nosotros, los dominicanos:
Si bien el siglo XX dominicano está signado por esas calamidades sociales puestas de relieve en esta pregunta, no menos cierto es el hecho de que también a lo largo de la pasada centuria el pueblo dominicano ha logrado insertarse, de manera irreversible, en la modernidad, lo mismo en la estructura económica que en la esfera de la superestructura político ideológica.
La inestabilidad política y social que caracterizó la sociedad dominicana durante los dos primeros decenios del pasado siglo obedeció, fundamentalmente, al intento de ruptura con el régimen lilisista que significó el movimiento político del 26 de julio de 1899, liderado por Ramón Cáceres y Horacio Vásquez. Tras un régimen dictatorial, sustentado en el terror, en lugar de una sociedad abierta y democrática, lo que tuvimos entonces fue el caos y el desorden en las instituciones del Estado. Tal circunstancia, desde luego, dio lugar a que los caciques que sobrevivieron la Era de Lilís adquirieran categoría de caudillos regionales, algunos, y nacionales, otros, dedicándose con sus respectivos ejércitos a las constantes luchas fratricidas por el control del poder político, militar y económico de la nación que, a fin de cuentas, enrumbaron hacia el más profundo abismo.
La férrea dictadura de Rafael L. Trujillo (1930-1961), seguida, tras el hecho político del 30 de mayo y la Guerra Patria de Abril de 1965, por los Doce Años de Joaquín Balaguer (que al decir de Frank Moya Pons fue una especie de continuidad del esquema trujillista de dominación), no fueron más que una de las múltiples consecuencias nocivas que tuvo la primera Ocupación Militar Norteamericana de 1916-1924 sobre el cuerpo social dominicano.
Si echamos una rápida mirada retrospectiva a esos cien años, debemos concluir en que no todo discurrió en medio de un laberinto oscuro al final del cual puede leerse aquella terrible inscripción que, según Dante, figura nada menos que a la entrada del averno: “Abandonad toda esperanza”. El pueblo dominicano, en esencia, fue y ha sido siempre un abanderado del liberalismo, a despecho de los grupúsculos que han detentado el poder y que desde las alturas palaciegas siempre han obrado contra los más puros ideales duartianos. El movimiento nacionalista durante el ominoso interregno de 1916-1924, que propugnó por la desocupación pura y simple; la resistencia contra la dictadura de Trujillo, que se manifestó de diferentes formas desde su advenimiento al poder hasta que fue abatido a tiros en 1961; la inmolación de Manolo Tavárez Justo y sus compañeros en 1963; y los dominicanos que se sacrificaron y ofrendaron hasta sus propias vidas luchando en 1965 por restablecer la Constitución de 1963; todos esos acontecimientos, y muchos más, constituyen expresiones fehacientes de la irretractable voluntad del pueblo dominicano de luchar por su libertad y por el establecimiento de un régimen democrático auténtico.
Convengo con Mora Serrano en el sentido de que el siglo XX dominicano es “el siglo de oro de la literatura nacional”, como lo es además de las ideas políticas y de diversas disciplinas científicas. En gran parte ello responde, a mi modo de ver, a todas esas calamidades padecidas por nuestros antepasados y, a la vez, a todos esos atisbos de esperanza que siempre han inspirado a nuestro pueblo para enfrentar exitosamente las más furiosas tempestades políticas que se han cernido sobre el horizonte social dominicano. Hay quienes sostienen que las grandes obras de literatura han surgido de los más deplorables conflictos y tragedias de la humanidad. En algún pasaje de Borges se encuentra el dictamen según el cual la felicidad es siempre fugaz y que lo que trasciende es casi siempre la desventura.
Al pasar balance del siglo XX dominicano fuerza es convenir en que resultó un período sobremanera distinto de lo que algunos pensadores decimonónicos (los hostosianos, por ejemplo) pudieron haber reflexionado, en plena época de Lilís, acerca del porvenir de la nación. Lo que sí nos enseña el proceso histórico nacional es que a lo largo de la pasada centuria, los dominicanos maduramos en tanto que ente colectivo y que la noción de una conciencia nacional devino mucho más fortalecida, aún a expensas de la llamada desaparición de las ideologías y de la globalización.
P.- Tienes en prensa o prácticamente en prensa un libro que debe marcar tu labor bibliográfica acerca del tiranicidio o la trama que acabó con la vida de Trujillo. Conociendo la envergadura de tu agenda de historiador queda descartado que será un libro más escrito para vender, por el influjo de la figura de Trujillo en el mercado. No pretendo que adelantes contenidos de impacto reservados para la lectura de la obra, pero como Vetas es una revista muy difundida en el mundo de los estudiosos de la historia me gustaría que hagas un esbozo sobre lo que podremos disfrutar de ese plato fuerte.
R.- Ciertamente mi estudio en torno a la conspiración que culminó con la eliminación física del tirano Trujillo no obedece a un interés mercadológico, toda vez que como bien destaca tu pregunta el nombre de Trujillo, de por sí, genera una particular fascinación entre lectores dominicanos y extranjeros. He podido comprobar que existe una desinformación asombrosa acerca del complot del 30 de mayo, pese a que han transcurrido ya 45 años de ese acontecimiento histórico. Más aún, cualquier dominicano promedio que desee tener una visión de conjunto sobre la conjura y sus efectos inmediatos, tendría que consultar una amplia bibliografía sobre el tema que no necesariamente está al alcance de todos. Mi libro sobre el tiranicidio de 1961 se propone, pues, brindar una historia de esa conspiración, así como de sus diferentes vertientes, desde una perspectiva historiográfica que permita al lector aproximarse a una síntesis e interpretación histórica integral del tema objeto de estudio.
P.- Trujillo ejerce entre intelectuales dominicanos gran fascinación. Una fascinación morbosa, ha querido decir alguien. Evidentemente la tiranía trujillista es una vergüenza, un espejo de atrocidades. Recientemente ha fallecido en Chile Augusto Pinochet y quedó ratificado algo que sabíamos todos, que aquél país está dividido con relación a la figura del sátrapa.
Como aquí oficialmente están prohibidas las actividades trujillistas, el trujillismo no se manifiesta legalmente, pero como quiera es evidente su activismo. Me gustaría que te refieras al asunto.
R.- La Era de Trujillo marcó, de manera casi indeleble, el alma nacional. Esto no significa que los dominicanos somos, de alguna manera, un remedo de Trujillo o de sus métodos. Pero 30 años de dictadura, con la consiguiente secuela que produjo el proceso de adoctrinamiento e ideologización de lo que algunos epígonos del sistema llamaron el “pensamiento vivo de Trujillo”, fueron suficientes para dejar esa impronta que todavía a 45 años de distancia de aquel régimen infernal no parece haberse desvanecido del todo. Lo mismo que en Chile, con Augusto Pinochet, aquí en Santo Domingo, Trujillo influyó de tal modo que dividió nuestra sociedad. Afortunadamente, la mayoría fue esencialmente anti trujillista, pero hubo representantes de todos los sectores sociales que fueron fervorosos devotos del sátrapa, de su régimen y de las sinecuras que podían derivar del mismo.
P.- Tienes en prensa o prácticamente en prensa un libro que debe marcar tu labor bibliográfica acerca del tiranicidio o la trama que acabó con la vida de Trujillo. Conociendo la envergadura de tu agenda de historiador queda descartado que será un libro más escrito para vender, por el influjo de la figura de Trujillo en el mercado. No pretendo que adelantes contenidos de impacto reservados para la lectura de la obra, pero como Vetas es una revista muy difundida en el mundo de los estudiosos de la historia me gustaría que hagas un esbozo sobre lo que podremos disfrutar de ese plato fuerte.
R.- Ciertamente mi estudio en torno a la conspiración que culminó con la eliminación física del tirano Trujillo no obedece a un interés mercadológico, toda vez que como bien destaca tu pregunta el nombre de Trujillo, de por sí, genera una particular fascinación entre lectores dominicanos y extranjeros. He podido comprobar que existe una desinformación asombrosa acerca del complot del 30 de mayo, pese a que han transcurrido ya 45 años de ese acontecimiento histórico. Más aún, cualquier dominicano promedio que desee tener una visión de conjunto sobre la conjura y sus efectos inmediatos, tendría que consultar una amplia bibliografía sobre el tema que no necesariamente está al alcance de todos. Mi libro sobre el tiranicidio de 1961 se propone, pues, brindar una historia de esa conspiración, así como de sus diferentes vertientes, desde una perspectiva historiográfica que permita al lector aproximarse a una síntesis e interpretación histórica integral del tema objeto de estudio.
P.- Trujillo ejerce entre intelectuales dominicanos gran fascinación. Una fascinación morbosa, ha querido decir alguien. Evidentemente la tiranía trujillista es una vergüenza, un espejo de atrocidades. Recientemente ha fallecido en Chile Augusto Pinochet y quedó ratificado algo que sabíamos todos, que aquél país está dividido con relación a la figura del sátrapa.
Como aquí oficialmente están prohibidas las actividades trujillistas, el trujillismo no se manifiesta legalmente, pero como quiera es evidente su activismo. Me gustaría que te refieras al asunto.
R.- La Era de Trujillo marcó, de manera casi indeleble, el alma nacional. Esto no significa que los dominicanos somos, de alguna manera, un remedo de Trujillo o de sus métodos. Pero 30 años de dictadura, con la consiguiente secuela que produjo el proceso de adoctrinamiento e ideologización de lo que algunos epígonos del sistema llamaron el “pensamiento vivo de Trujillo”, fueron suficientes para dejar esa impronta que todavía a 45 años de distancia de aquel régimen infernal no parece haberse desvanecido del todo. Lo mismo que en Chile, con Augusto Pinochet, aquí en Santo Domingo, Trujillo influyó de tal modo que dividió nuestra sociedad. Afortunadamente, la mayoría fue esencialmente anti trujillista, pero hubo representantes de todos los sectores sociales que fueron fervorosos devotos del sátrapa, de su régimen y de las sinecuras que podían derivar del mismo.
La circunstancia de que por ley estén prohibidas las actividades trujillistas en el país, en nada impide que todavía haya quienes anhelan el retorno de un hombre de la reciedumbre y estirpe mostrenca de ese Leviatán. Es más, en algunos círculos, y sobre todo entre ciertos intelectuales y políticos, todavía puede constatarse una especie de nostalgia evocadora de aquella “Era gloriosa” en la que reinaban la paz y la tranquilidad. Sin embargo, los residuos del trujillismo soslayan que esa “paz” era la paz de los cementerios; y que también esa “paz” provenía de palo y la “tranquilidad” de tranca, como decía con no disimulado orgullo uno de los esbirros del régimen.
P.- Estás presidiendo la Comisión de Efemérides Patrias y uno siente que allí no hay un funcionario: hay una figura de peso, con mucho criterio, por los resultados del trabajo. Ha sido reforzada la labor bibliográfica y en las calles nos hemos pechado con los héroes nacionales, proyectados mediante válidos recursos visuales. ¿Cuál es la agenda de Efemérides Patrias para el año 2007?
R.- En la Comisión Permanente de Efemérides Patrias, organismo al frente del cual me encuentro por disposición del Excelentísimo Señor Presidente de la República, doctor Leonel Fernández, simplemente me he propuesto, con el apoyo de los demás miembros de la misma, encabezados por el licenciado Luis Manuel Bonetti, Secretario Administrativo de la Presidencia, cumplir con el decreto que la crea según el cual es deber del organismo coordinar y organizar los festejos conmemorativos de las principales efemérides nacionales, en especial el Mes de la Patria, que va del 26 de enero al 27 de febrero, y la Semana de la Soberanía Nacional, del 10 al 16 de agosto. En adición a esas responsabilidades hemos puesto en marcha un programa de publicaciones de obras de carácter histórico, que en lo que al finalizar el 2006 alcanza ya quince volúmenes.
En cuanto se refiere al proyecto de Plazas Patrióticas que ha emprendido la Comisión, el mismo persigue colocar bustos de los Padres de la Patria, allí donde hagan falta, así como efigies de otros héroes nacionales en función de su contribución a la lucha del pueblo dominicano por la libertad. Tal es el caso de las plazas patrióticas erigidas en honor del general Juan Tomás Díaz, de Antonio de la Maza y del teniente Amado García Guerrero, héroes del 30 de mayo; del coronel Juan María Lora Fernández, del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, del general Juan Alejandro Acosta, del general Gregorio Luperón, entre otros. Próximamente estaremos inaugurando, en Santiago, una plaza patriótica en honor a los Panfleteros de Santiago, un grupo de jóvenes, el mayor de los cuales no superaba los 21 años, que fueron apresados bajo la acusación de haber distribuido unos volantes atacando al tirano. De 29 muchachos que fueron apresados, por lo menos 27 fueron asesinados en la cárcel de La 40 por los esbirros del Servicio de Inteligencia Militar bajo las órdenes de Johnny Abbes García. Esa tragedia coincidió con la gran redada de 1960 contra los militantes del movimiento clandestino del 14 de Junio, algunos de los cuales presenciaron cuando esos mozalbetes llegaron a las ergástulas trujillistas y fueron bárbaramente torturados, primero, para después ser asesinados.
P.- Te desenvuelves en funciones de INDOTEL, un organismo al servicio del avance de la comunicación tecnológica, ¿cuáles son esas funciones que desempeñas? ¿Está cumpliendo INDOTEL la proyección que necesita el país?
R.- En el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones ocupo la posición de Gerente Corporativo. Formo parte allí del equipo que con gran acierto y admirable dedicación dirige el doctor José Rafael Vargas, Secretario de Estado y Presidente del Indotel, quien desarrolla una importante labor con el fin de contribuir a reducir la brecha digital y a proporcionarle a comunidades y sectores de escasos recursos las facilidades técnicas necesarias para acceder al fascinante mundo de la tecnología digital.
P.- La Sociedad Dominicana de Bibliófilos atraviesa hace tiempo una situación dificultosa. ¿Qué se está haciendo para renovarla? ¿Se han mantenido y se sostendrán los criterios de edición? ¿A qué se debe la crisis?
R.- Hace varios años que dejé de presidir la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, por lo que desconozco qué puede estar sucediendo allí que entrañe una “situación dificultosa”, como se afirma en tu pregunta. Pero sí puedo dar testimonio de que cuando estuve al frente de la misma, pude acometer con éxito el programa que aprobó la directiva desde que asumí la responsabilidad de presidirla. Mi labor, fundamentalmente, consistió en rescatar dicha entidad financieramente. Cuando fui elegido presidente de los Bibliófilos su situación económica era deprimente. La institución no estaba en condiciones de cumplir con sus compromisos financieros y hubo un momento en que ni siquiera podía cubrir sus gastos corrientes más elementales. Con el apoyo de la directiva, en especial del licenciado Dennis Simó, hoy Rector Magnífico de la Universidad APEC, pudimos llevar a cabo un plan de rescate que afortunadamente contó con el respaldo del doctor Leonel Fernández, durante su primera gestión gubernativa. Es cierto que durante un tiempo, en el decurso de mi gestión, no abundaron las publicaciones; pero cuando traspasé el mando a quienes me sustituyeron, les entregué una Sociedad Dominicana de Bibliófilos financieramente saneada, sin deudas con instituciones bancarias ni con personas físicas, y con depósitos en certificados financieros que al menos garantizaban su supervivencia institucional, en adición a la asignación que se recibía vía la Secretaría Administrativa de la Presidencia, primero, y de la Secretaría de Cultura, después. Los informes de los auditores están ahí. Cualquier interesado puede solicitarlos a la actual directiva.
P.- Te desenvuelves en funciones de INDOTEL, un organismo al servicio del avance de la comunicación tecnológica, ¿cuáles son esas funciones que desempeñas? ¿Está cumpliendo INDOTEL la proyección que necesita el país?
R.- En el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones ocupo la posición de Gerente Corporativo. Formo parte allí del equipo que con gran acierto y admirable dedicación dirige el doctor José Rafael Vargas, Secretario de Estado y Presidente del Indotel, quien desarrolla una importante labor con el fin de contribuir a reducir la brecha digital y a proporcionarle a comunidades y sectores de escasos recursos las facilidades técnicas necesarias para acceder al fascinante mundo de la tecnología digital.
P.- La Sociedad Dominicana de Bibliófilos atraviesa hace tiempo una situación dificultosa. ¿Qué se está haciendo para renovarla? ¿Se han mantenido y se sostendrán los criterios de edición? ¿A qué se debe la crisis?
R.- Hace varios años que dejé de presidir la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, por lo que desconozco qué puede estar sucediendo allí que entrañe una “situación dificultosa”, como se afirma en tu pregunta. Pero sí puedo dar testimonio de que cuando estuve al frente de la misma, pude acometer con éxito el programa que aprobó la directiva desde que asumí la responsabilidad de presidirla. Mi labor, fundamentalmente, consistió en rescatar dicha entidad financieramente. Cuando fui elegido presidente de los Bibliófilos su situación económica era deprimente. La institución no estaba en condiciones de cumplir con sus compromisos financieros y hubo un momento en que ni siquiera podía cubrir sus gastos corrientes más elementales. Con el apoyo de la directiva, en especial del licenciado Dennis Simó, hoy Rector Magnífico de la Universidad APEC, pudimos llevar a cabo un plan de rescate que afortunadamente contó con el respaldo del doctor Leonel Fernández, durante su primera gestión gubernativa. Es cierto que durante un tiempo, en el decurso de mi gestión, no abundaron las publicaciones; pero cuando traspasé el mando a quienes me sustituyeron, les entregué una Sociedad Dominicana de Bibliófilos financieramente saneada, sin deudas con instituciones bancarias ni con personas físicas, y con depósitos en certificados financieros que al menos garantizaban su supervivencia institucional, en adición a la asignación que se recibía vía la Secretaría Administrativa de la Presidencia, primero, y de la Secretaría de Cultura, después. Los informes de los auditores están ahí. Cualquier interesado puede solicitarlos a la actual directiva.
Con todo, debo señalar que durante mi gestión al frente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos se cerró la valiosa Colección de Cultura Dominicana, que iniciaron los fundadores de la institución, cuando fue creada en 1974 bajo la presidencia de don Enrique Apolinar Henríquez, y que alcanzó unos 85 títulos. Esta colección estaba destinada exclusivamente para socios, y resultaba ya muy difícil conseguirla completa. Por tal motivo, la directiva decidió entonces darle un giro de apertura a la entidad y fue así como se dio inicio a dos colecciones que, tengo entendido, aún continúan: Colección Bibliófilos 2000 y Clásicos de los Bibliófilos. En la primera, se han publicado obras incluso de autores contemporáneos; y, en la segunda, tal y como lo indica su nombre, se han reimpreso, en edición rústica principalmente, aquellas obras de la Colección de Cultura Dominicana que rápidamente se agotaron y que constantemente eran solicitadas por no socios. Es importante resaltar que por lo que se puede percibir desde fuera, la Sociedad Dominicana de Bibliófilos ha continuado cumpliendo con la misión para la cual que concebida hace ya más de 40 años.
P.- En la multiplicidad de tus actividades profesionales y académicas eres miembro de la Junta Directiva de la Academia Dominicana de la Historia. La verdad es que esa academia tiene una trayectoria envidiable y de gran prestigio en el mundo intelectual dominicano. En este año que finaliza ha entrado en conflicto con la secretaría de Estado de Cultura, por el problema permanente del presupuesto mensual. Actualmente está presidida la Academia por José Chez Checo. ¿Cómo anda la Academia?
R.- Me siento orgulloso de pertenecer a la Academia Dominicana de la Historia, no sólo por lo que dicha institución representa dentro del quehacer científico-social dominicano, sino, en especial, por la trascendencia tanto académica como intelectual de los colegas historiadores que me han precedido (y que ya han fallecido) y por los que actualmente forman parte de su matrícula, a quienes igualmente admiro y respeto.
P.- En la multiplicidad de tus actividades profesionales y académicas eres miembro de la Junta Directiva de la Academia Dominicana de la Historia. La verdad es que esa academia tiene una trayectoria envidiable y de gran prestigio en el mundo intelectual dominicano. En este año que finaliza ha entrado en conflicto con la secretaría de Estado de Cultura, por el problema permanente del presupuesto mensual. Actualmente está presidida la Academia por José Chez Checo. ¿Cómo anda la Academia?
R.- Me siento orgulloso de pertenecer a la Academia Dominicana de la Historia, no sólo por lo que dicha institución representa dentro del quehacer científico-social dominicano, sino, en especial, por la trascendencia tanto académica como intelectual de los colegas historiadores que me han precedido (y que ya han fallecido) y por los que actualmente forman parte de su matrícula, a quienes igualmente admiro y respeto.
Nuestra misión, como corporación académica, por encima de todo, es fomentar la investigación histórica dentro de un plano estrictamente científico siempre en procura de proyectar una visión objetiva y verosímil del pasado. La Academia Dominicana de la Historia tiene programados numerosos proyectos de investigación, de publicaciones, de conferencias, congresos, etcétera, y para ello ha venido desarrollando con cierto éxito una campaña de recaudación de fondos, a través de un Fondo Patrimonial que se ha instituido con el respaldo generoso de instituciones del sector privado que creen en, y apoyan, nuestros proyectos. ¿Que cómo anda la Academia? Puedo afirmar que de maravillas. A partir del legado que recibimos de las gestiones de Emilio Rodríguez Demorizi, Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito y Julio Genaro Campillo Pérez, las directivas encabezadas por los académicos Roberto Cassá y José Chez Checo le impregnaron nueva vida a la corporación, de forma tal que la misma ha sido reestructurada, sus estatutos reformados y su matrícula ampliada, tanto de Número como Correspondientes. Hoy, estoy convencido de ello, puede hablarse sin temor a equívocos de una Academia Dominicana de la Historia plural y moderna, de conformidad con los tiempos actuales.
La pregunta también hace referencia a un supuesto conflicto con la Secretaría de Cultura debido al “problema permanente del presupuesto mensual”. Francamente desconozco que tal conflicto exista. La Academia recibe una asignación del Gobierno Central vía la Secretaría de Cultura; pero en modo alguno la institución está resentida porque se le haya asignado tal o cual partida presupuestal para enfrentar los compromisos financieros que le permita operar funcionalmente. Si ha habido alguna discrepancia de criterios con el ministerio de Cultura en relación con ese o cualquier otro aspecto, ello ha obedecido a una posición personal, y no corporativa, de algún colega que, dicho sea de paso, está en todo su derecho a exteriorizar sus criterios, como en esta oportunidad expreso yo el mío. En la revista Clío, órgano oficial de la Academia Dominicana de la Historia, se especifica que la corporación “no se hace solidaria de las opiniones emitidas en los trabajos insertos en Clío, de los cuales son únicamente responsables los autores”.
P.- Sabes que la revista Vetas está inmersa en la temática domínico-haitiana y que el trasfondo de nuestros debates es el período de la historia dominicana comprendido entre 1793 y 1822, que incluye el Tratado de Basilea y la ocupación haitiana de 1822. Nosotros hemos planteado categóricamente que la historia de ese período fundamental no ha sido escrita. Me dijiste que una línea de tu investigación anda por esos años, en tu búsqueda de la identidad del hombre dominicano. Saludo con vigor esta andanza tuya. ¿Qué podemos esperar de tu tintero?
R.- El período de la historia dominicana que transcurre entre 1793 y 1822 es de una importancia capital en el proceso definido como de formación del sentimiento nacional. Manuel Arturo Peña Batlle era de opinión de que las causas de la desventura dominicana había que buscarlas en las Devastaciones de Osorio, en el Tratado de Basilea, en las invasiones haitianas de Toussaint y Dessalines así como en la Dominación Haitiana. El tema es bastante sugestivo y no puede abordarse ampliamente en una respuesta como ésta, signada por la concisión. Estoy de acuerdo con el planteamiento de Vetas respecto de que ese período de nuestra historia colonial (el que transcurre entre 1793 y 1822) ha merecido escasa atención por parte de los investigadores. Sin embargo, no debe entenderse que adolecemos de importantes estudios que brindan lúcidas y documentadas reflexiones sobre dicho período, como por ejemplo la Historia Colonial de Santo Domingo, de Frank Moya Pons, y la Historia Económica y Social de la República Dominicana, de Roberto Cassá; asimismo, los ensayos, entre varios, de los historiadores Emilio Cordero Michel La revolución haitiana y Santo Domingo, y de Franklyn J. Franco, Los negros, los mulatos y la nación dominicana y, también, Haití, de Dessalines hasta nuestros días. Existen, además, numerosas publicaciones documentalistas que tratan el período en cuestión que están a la espera de que los investigadores interesados en esa etapa de la historia colonial dominicana emprendan la tarea de configurar una narrativa histórica que proporcione una visión fiable de la vida social, política, económica y cultural de los dominicanos de principios de siglo XIX.
P.- Sabes que la revista Vetas está inmersa en la temática domínico-haitiana y que el trasfondo de nuestros debates es el período de la historia dominicana comprendido entre 1793 y 1822, que incluye el Tratado de Basilea y la ocupación haitiana de 1822. Nosotros hemos planteado categóricamente que la historia de ese período fundamental no ha sido escrita. Me dijiste que una línea de tu investigación anda por esos años, en tu búsqueda de la identidad del hombre dominicano. Saludo con vigor esta andanza tuya. ¿Qué podemos esperar de tu tintero?
R.- El período de la historia dominicana que transcurre entre 1793 y 1822 es de una importancia capital en el proceso definido como de formación del sentimiento nacional. Manuel Arturo Peña Batlle era de opinión de que las causas de la desventura dominicana había que buscarlas en las Devastaciones de Osorio, en el Tratado de Basilea, en las invasiones haitianas de Toussaint y Dessalines así como en la Dominación Haitiana. El tema es bastante sugestivo y no puede abordarse ampliamente en una respuesta como ésta, signada por la concisión. Estoy de acuerdo con el planteamiento de Vetas respecto de que ese período de nuestra historia colonial (el que transcurre entre 1793 y 1822) ha merecido escasa atención por parte de los investigadores. Sin embargo, no debe entenderse que adolecemos de importantes estudios que brindan lúcidas y documentadas reflexiones sobre dicho período, como por ejemplo la Historia Colonial de Santo Domingo, de Frank Moya Pons, y la Historia Económica y Social de la República Dominicana, de Roberto Cassá; asimismo, los ensayos, entre varios, de los historiadores Emilio Cordero Michel La revolución haitiana y Santo Domingo, y de Franklyn J. Franco, Los negros, los mulatos y la nación dominicana y, también, Haití, de Dessalines hasta nuestros días. Existen, además, numerosas publicaciones documentalistas que tratan el período en cuestión que están a la espera de que los investigadores interesados en esa etapa de la historia colonial dominicana emprendan la tarea de configurar una narrativa histórica que proporcione una visión fiable de la vida social, política, económica y cultural de los dominicanos de principios de siglo XIX.
Desde mi perspectiva particular, entiendo que los albores del siglo XIX sirve como surco del cual aflora paulatinamente lo que varios lustros después conformará la sustancia del ser nacional. El colectivo dominicano, entre 1793 y 1822, salvo algunas excepciones, no tenía una clara conciencia de la dominicanidad. Es más, lo dominicano se consubstanciaba de tal forma con lo hispano, que en la documentación de la época, cuando se alude a los habitantes de la parte Este de la isla de Santo Domingo, se les denomina dominicanos-españoles. Atrapados entre los conflictos inter imperialistas de Francia, España e Inglaterra, principalmente, nuestros antepasados sentían especial predilección por la Madre Patria. No deseaban depender de Francia ni de Inglaterra. En caso de pertenecer a alguna potencia, la predilección se inclinaba por España, a la cual, naturalmente, se sentían umbilicalmente unidos. Pero, de quienes en modo alguno anhelaban depender era de los habitantes de la parte francesa, provenientes en su mayor parte de tribus africanas, y quienes en su incesante y justa lucha por la independencia trataron de mantener la isla completa fuera del dominio de las potencias europeas. Recuérdese la célebre quintilla del padre Vásquez: “Ayer español nací/ A la tarde fui francés/ A la noche Etíope fui/ Hoy dicen que soy Inglés/ No sé qué será de mí”.
Considero que hacia principios del siglo XIX el sentimiento nacional, entre nuestros ancestros, era muy endeble, apenas balbuceaba. De ahí que, cuando La Reconquista, en 1810, un núcleo importante de sus dirigentes prefiriera restituir el dominio español en lugar de proceder conforme a las corrientes que germinaban en el Nuevo Mundo bajo la inspiración de las revoluciones americana y francesa, optara por retornar al coloniaje ibérico propiciando así el advenimiento de aquel período de estancamiento social, profunda crisis económica y abatimiento espiritual colectivos que en nuestra historia se conoce como La España Boba.
P.- La invasión de (General haitiano) Dessalines en 1805 es una catástrofe inconmensurable que prácticamente ha sido pasada por alto, a pesar de las consecuencias permanentes en las relaciones beligerantes domínico-haitianas. Estuviste ligado a la edición en el país de la obra de Jean Price-Mars, «La República de Haití y la República Dominicana. Diversos aspectos de un problema histórico, geográfico y etnológico» y por lo tanto conoces la opinión de ese historiador haitiano sobre el genocidio ejecutado por Henri Chistophe en el Cibao. Datos espeluznantes de esa masacre son referidos por el propio Price-Mars. ¿Por qué un episodio tan funesto se ha mantenido en la historiografía dominicana como un tema tabú?
R.- En la historiografía dominicana el tema de las llamadas invasiones haitianas ha sido ampliamente debatido, tanto desde el punto de vista tradicional como desde una perspectiva historiográfica moderna. Existen, además, las obras documentales publicadas por Emilio Rodríguez Demorizi en torno a las invasiones haitianas y sobre la Era de Francia en Santo Domingo; el magnífico estudio monográfico de Frank Moya Pons, titulado La dominación haitiana; y un sinnúmero de ensayos, de diferentes autores, en torno a ese período de nuestra historia.
P.- La invasión de (General haitiano) Dessalines en 1805 es una catástrofe inconmensurable que prácticamente ha sido pasada por alto, a pesar de las consecuencias permanentes en las relaciones beligerantes domínico-haitianas. Estuviste ligado a la edición en el país de la obra de Jean Price-Mars, «La República de Haití y la República Dominicana. Diversos aspectos de un problema histórico, geográfico y etnológico» y por lo tanto conoces la opinión de ese historiador haitiano sobre el genocidio ejecutado por Henri Chistophe en el Cibao. Datos espeluznantes de esa masacre son referidos por el propio Price-Mars. ¿Por qué un episodio tan funesto se ha mantenido en la historiografía dominicana como un tema tabú?
R.- En la historiografía dominicana el tema de las llamadas invasiones haitianas ha sido ampliamente debatido, tanto desde el punto de vista tradicional como desde una perspectiva historiográfica moderna. Existen, además, las obras documentales publicadas por Emilio Rodríguez Demorizi en torno a las invasiones haitianas y sobre la Era de Francia en Santo Domingo; el magnífico estudio monográfico de Frank Moya Pons, titulado La dominación haitiana; y un sinnúmero de ensayos, de diferentes autores, en torno a ese período de nuestra historia.
En el caso de la obra del distinguido publicista y pensador haitiano Jean Price Mars, titulada La República de Haití y la República Dominicana. Diversos aspectos de un problema histórico, geográfico y etnológico, debe tenerse presente que se trata de la visión haitiana sobre las relaciones que han existido entre las comunidades haitiana y dominicana a lo largo de varios siglos. La obra de Price Mars, publicada originalmente en 1953, fue objeto de severas críticas por parte de la intelligentsia trujillista. Algunas de esas respuestas no estuvieron a la altura académica del pensador haitiano, pero autores como Emilio Rodríguez Demorizi y Sócrates Nolasco no tardaron en salirle al paso a las tesis defendidas por Price Mars. Incluso circuló un extraño libro, firmado por Ángel del Rosario Pérez, titulado La exterminación añorada (que algunos creyeron se trataba de un seudónimo), en cuyas páginas se respondía los planteamientos contenidos en la obra de Price Mars.
Como es natural, los principales historiadores haitianos que han enfocado la cuestión de las invasiones a la parte española, siempre han insistido en que no se trató de agresiones contra el colectivo nacional criollo, sino que más bien fueron incursiones contra la presencia del elemento imperial europeo que, desde la parte española de la isla, amenazaba la estabilidad del Estado haitiano.
No me parece que la cuestión de Cristophe, en el Cibao, se haya mantenido como tema tabú en la historiografía nacional. Pienso, por el contrario, que ha habido una reinterpretación dominicana de esos acontecimientos a la luz de nuevos enfoques metodológicos que han permitido ofrecer una visión distinta de la que tradicionalmente ofrecía la historiografía nacional identificada con la herencia cultural hispana, en desmedro de la composición afro-hispánica de los dominicanos.
P.- Esta pregunta, Juan Daniel, es la última de esta entrevista, y su contenido servirá para una encuesta que promoveremos en la revista Vetas sobre el tema.
P.- Esta pregunta, Juan Daniel, es la última de esta entrevista, y su contenido servirá para una encuesta que promoveremos en la revista Vetas sobre el tema.
Perdona, pues, la disquisición. En mi calidad de editor de una revista que tiene exactamente trece años debatiendo los problemas esenciales de la cultura nacional he sufrido y trato de entender la tragedia de lo que se conoce como el complejo de Guacanagarix y el pesimismo aplastante de una parte importante de la población dominicana. Admito que antes observaba el complejo de Guacanagarix y el pesimismo de muchos como un tema baladí, hasta que en los últimos cinco años amigos íntimos, colaboradores entrañables y personalidades importantes me han mostrado la tragedia en toda su dimensión.
Alguien, por ejemplo, que realiza una labor importante, una investigación medular, se te revela de repente como un ser que rechaza lo nativo y se encandila con lo extranjero, sin más, sólo porque para esa persona lo dominicano no sirve y lo extranjero es extraordinario. Es una vergüenza lacerante tener que plantear esta tragedia, porque no estamos solos y en el exterior nos observan. El rechazo de muchos escritores dominicanos de su propia literatura se verifica en unos niveles que son un verdadero reto para mecanismos como la secretaría de Estado de Cultura. Esos niveles son el desconocimiento y la ignorancia, por el rechazo, y eso ya es demasiado. Los que bailan esa danza se muestran ebrios, poseídos del goce trotante de descalificar al país porque según ellos la intelectualidad dominicana vive en un limbo y en un sempiterno autismo insular.
He aprendido a frenar algunos impulsos porque luego uno llega a otra conclusión, aunque igualmente penosa: esos posesos que nos descalifican son las víctimas más angustiadas del trauma que nos flagela. Aquél intelectual dominicano que en Europa extiende la mirada hacia esta latitud, que es su desgracia, y nos ve en un limbo y en un “autismo insular”, llega a la conclusión de que estos “autistas” no podemos sentirnos orgullosos de residir en este limbo. Cualquier ciudadano del mundo tiene el derecho de sentirse orgulloso de ser de su país, menos los dominicanos, porque ellos lo prohíben.
Pero esos mismos intelectuales que desdeñan y rechazan los contenidos de nuestra cultura son, digo, las víctimas más laceradas y penosas.
Este es tema, reitero, de una encuesta que se inicia sobre el asunto en la revista Vetas, y tú tienes la oportunidad de ofrecer aquí tu opinión.
R.- La última pregunta es, sin dudas, la de mayor densidad conceptual de todas las que me ha formulado Vetas. Invita a una meticulosa y ponderada reflexión respecto de la imagen que los dominicanos, en tanto que nación, nos hemos forjado sobre nosotros mismos. Un tema todavía virgen en nuestra literatura histórica y socio-sicológica, aunque ha habido formidables aportes realizados por siquiatras y algunos cientistas sociales, como han sido los estudios publicados por los siquiatras Alejandro Paniagua, Antonio Zaglul, Emilio Guillén, Fernando Sánchez Martínez, César Mella Mejías, Lino Romero, y el de Josefina Záiter.
R.- La última pregunta es, sin dudas, la de mayor densidad conceptual de todas las que me ha formulado Vetas. Invita a una meticulosa y ponderada reflexión respecto de la imagen que los dominicanos, en tanto que nación, nos hemos forjado sobre nosotros mismos. Un tema todavía virgen en nuestra literatura histórica y socio-sicológica, aunque ha habido formidables aportes realizados por siquiatras y algunos cientistas sociales, como han sido los estudios publicados por los siquiatras Alejandro Paniagua, Antonio Zaglul, Emilio Guillén, Fernando Sánchez Martínez, César Mella Mejías, Lino Romero, y el de Josefina Záiter.
El llamado “complejo de Guacanagarix” es, a mi entender, la fórmula por excelencia que simboliza, desde los remotos tiempos taínos, la infravaloración del yo colectivo que en el decurso de varios siglos pasó a formar parte sustancial del ethos dominicano. Se trata de un complejo mecanismo sicológico mediante el cual no pocos dominicanos preferirían culturalmente ser cualquier otra cosa, menos dominicanos. En el plano político, esa vocación extrajerizante, una vez proclamada la República, se expresó a través de la propensión al protectoralismo, por un lado, y al anexionismo, por el otro, a despecho de la resistencia nacionalista preconizada por los duartistas. Pedro Santana y Buenaventura Báez fueron los más altos exponentes de esa corriente colonialista durante la Primera y Segunda Repúblicas.
En alguna parte de su obra el insigne humanista Pedro Henríquez Ureña se refirió a lo que definió como “el afán europeizante” de muchos de nuestros escritores. Al extranjerismo dominicano, es decir, a la preferencia por lo foráneo ante los auténticos valores nacionales, también debemos sumar lo que algunos sociólogos han preferido catalogar como pesimismo. Es la otra cara de la moneda: por un lado me infravaloro, considero que soy incapaz de progresar y de alcanzar un desarrollo y crecimiento económicos óptimos; y, por el otro, no vislumbro perspectivas halagadoras de superación personal y colectiva. Antonio Zaglul solía rememorar al doctor Francisco Moscoso Puello, al que atribuía haber dicho que cuando un dominicano veía una mata de coco, sólo pensaba en piñonate, nunca más allá. Parecería que, como Narciso, hemos sucumbido ante nuestro propio rostro y, tras contemplarlo reflejado sobre la superficie de una fuente, nos hemos precipitado en sus aguas cristalinas, para luego salir a flote convertidos en seres infravalorados, incapaces, al menos eso creemos, de alcanzar una plena realización de todas nuestras potencialidades colectivas.
El pesimismo dominicano, como doctrina sociológica, ha tenido consecuencias letales sobre las posibilidades de superación como nación. Fue precisamente esa concepción de atraso espiritual y material que propició, entre otros factores, el entronizamiento de la dictadura de Rafael L. Trujillo, primero, y del despotismo ilustrado de Joaquín Balaguer, después.
Pero, por fortuna, esa perniciosa corriente ideológica, que sirvió de fuente nutricia para no pocos pensadores nativos del siglo XX, a partir de 1965 comenzó a ceder campo a una nueva cosmovisión mediante la cual, sus principales exponentes vislumbran para nuestro país estadios de desarrollo político, social y económico mucho más auspiciosos que los que preconizaban los representantes del pesimismo dominicano del siglo XX.
Abundan los ensayos históricos, sociológicos, literarios, filosóficos, y de otras disciplinas, que procuran encontrar no sólo una explicación científica del devenir histórico nacional, sino que, sobre todo, han pretendido explicar al hombre dominicano dentro de la nueva dimensión humana en que lo ha insertado el siglo XXI.
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Juan Daniel Balcácer
Historiador. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, Miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana y del Instituto Duartiano.
Ha sido Catedrático en la Universidad Católica Santo Domingo de la asignatura Historia Crítica Dominicana. En la Universidad APEC impartió cursos sobre Historia de la Cultura Dominicana.
Ha dictado numerosas conferencias sobre temas históricos en universidades nacionales y extranjeras. Ha sido colaborador editorial de los principales periódicos y revistas dominicanos.
Ha sido Catedrático en la Universidad Católica Santo Domingo de la asignatura Historia Crítica Dominicana. En la Universidad APEC impartió cursos sobre Historia de la Cultura Dominicana.
Ha dictado numerosas conferencias sobre temas históricos en universidades nacionales y extranjeras. Ha sido colaborador editorial de los principales periódicos y revistas dominicanos.
Entre los diversos libros de su autoría se destacan:
Pedro Santana: historia política de un déspota (Santo Domingo, 1974);
Aclaraciones históricas de Santo Domingo (1977)
Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria, biografía para niños y jóvenes, (Santo Domingo, 1978);
Ensayos históricos de Manuel Arturo Peña Batlle, (Compilación, Santo Domingo, 1989);
La independencia dominicana, escrito en colaboración con Manuel García Arévalo, (Madrid, 1992);
Papeles y escritos de Francisco J. Peynado; Vicisitudes de Juan Pablo Duarte, (Santo Domingo, 1994);
Pensamiento y acción de los Padres de la Patria (Santo Domingo, 1995)
Es autor de los opúsculos Algunas reflexiones sobre la democracia dominicana y Américo Lugo: el patriota olvidado.
Es también coautor de las siguientes publicaciones:
El debate de las generaciones, editado por la Fundación Cultural Dominicana (1991);
Dominicana. Sensaciones y colores de la República Dominicana (1995);
El siglo XX dominicano. Economía, Política, Pensamiento y Literatura, auspiciado por Codetel, (1999); y,
Cultura y sociedad en la República Dominicana del siglo XX, auspiciado por Editora El Siglo (2000).
Ha sido presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.
Actualmente es Presidente de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias.
Pedro Santana: historia política de un déspota (Santo Domingo, 1974);
Aclaraciones históricas de Santo Domingo (1977)
Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria, biografía para niños y jóvenes, (Santo Domingo, 1978);
Ensayos históricos de Manuel Arturo Peña Batlle, (Compilación, Santo Domingo, 1989);
La independencia dominicana, escrito en colaboración con Manuel García Arévalo, (Madrid, 1992);
Papeles y escritos de Francisco J. Peynado; Vicisitudes de Juan Pablo Duarte, (Santo Domingo, 1994);
Pensamiento y acción de los Padres de la Patria (Santo Domingo, 1995)
Es autor de los opúsculos Algunas reflexiones sobre la democracia dominicana y Américo Lugo: el patriota olvidado.
Es también coautor de las siguientes publicaciones:
El debate de las generaciones, editado por la Fundación Cultural Dominicana (1991);
Dominicana. Sensaciones y colores de la República Dominicana (1995);
El siglo XX dominicano. Economía, Política, Pensamiento y Literatura, auspiciado por Codetel, (1999); y,
Cultura y sociedad en la República Dominicana del siglo XX, auspiciado por Editora El Siglo (2000).
Ha sido presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.
Actualmente es Presidente de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias.
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